LOS DIOSES DEL MUNDO


Creo que no tiene sentido ir a misa, cumplir ritos y valiosas obligaciones religiosas, practicar los sacramentos, y luego ir a arrodillarse ante los dioses del mundo. No tiene sentido creer en Dios y en la eternidad como quien bota migajas de su mesa, pero vivir para los dioses del mundo: el dinero, los placeres, las riquezas, los viajes, la comida, el sexo, la mentira, el engaño... la mezquindad.

El mundo atrapa, aficiona y ciega como atrapa la droga o el alcohol, pero de forma más hipócrita, más sutil, más profunda, sin que nadie se dé cuenta. Así se puede mantener una apariencia de bondad y rectitud mientras se sirve a la mezquindad y la vileza, y a sus amos. Así, logran algo muy grave: hacen que distorsionemos nuestra visión de nosotros mismos y de nuestra realidad, hacen que ya no nos podamos ver como somos sino solo como quisiéramos ser. Atrapados, sumergidos en las cosas materiales, ciegos a la realidad, incapaces de percibir las cosas eternas, torcemos nuestra conciencia hasta que nos hace creer que somos y vivimos una libertad y una bondad que hace tiempo hemos perdido. Llamamos espiritual a los pobres sentimientos que este mundo nos produce, generosidad a nuestro egoísmo proyectado en nuestros hijos, bondad a las monedas que regalamos. Atrapados por los dioses de este mundo, construimos una máscara tratando de engañar a quienes nos rodean y a nosotros mismos. Nos perdemos mientras, a través de los apegos a las cosas, estos dioses van carcomiendo nuestro ser sin que nos demos cuenta, destruyendo, matando poco a poco nuestra alma y nuestro espíritu, mientras nuestro cuerpo, nuestros deseos, pasiones y nuestro bolsillo engordan, hasta que perdemos, no solo la posibilidad de ver lo eterno, sino de vivirlo algún día. De llegar al paraíso.

Un hábil engaño, ¿verdad? El engaño del hombre común. De quien cree ser original, diferente... y bueno. De quien cree que nadie se da cuenta.

Herza Barzatt

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