De Ministros y Ministerios: El sentido de ser Iglesia.



Uno de los problemas más graves de la evangelización en la Iglesia actual es la carencia de espacios de desarrollo de verdaderos ministerios laicos. Más aún, la clave de este vacío es el desconocimiento, la ignorancia sobre lo que son y pueden ser los ministerios propios para los laicos enmarcados dentro la Iglesia de Vaticano II y que emana por derecho propio de la condición de sacerdotes, profetas y reyes de todos los bautizados (LG 31, (Catecismo 783, 1 Pd 2, 5-9, Apoc 5, 9-10).
Y es problema para la evangelización y formación de los laicos porque sin un ministerio propio la vida cristiana queda trunca, incompleta y se marchita con facilidad al limitarse a un esfuerzo, casi siempre estéril, por mantener viva una fe que no se sabe ni se puede transmitir ni proyectar, o que se limita al exclusivo ámbito de la familia.
Es indudable que la voluntad del Señor para sus discípulos va mas allá de la construcción de la familia cristiana aunque claro que es de allí de donde parte; pero el mandato “Id por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15-16)”, “Proclama la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; reprende, amenaza exhorta con toda paciencia y doctrina” (2Ti 4,2) no es solo un deber sino un derecho de todo cristiano, de todo católico, célibe, o (y quizás con mayor razón), casado (CFL 33). Tocado por el Espíritu Santo, es esta una parte fundamental de la Vida Nueva que nos da Jesús y un elemento integral del crecimiento espiritual. Por tanto corresponde a los ministros ordenados (el clero) no solo ofrecer a los laicos la formación apropiada, sino abrir los espacios y organizar el ejercicio de estos ministerios: predicadores que lleven la palabra con conocimiento, sabiduría, pasión y eficacia, maestros que transmitan a profundidad las verdades liberadoras del evangelio, formadores de comunidades de vida, oración y adoración, servidores de los necesitados, profetas que anuncien el evangelio y denuncien las falencias y errores de la iglesia y la sociedad que nos rodea, ministros que oren por sanación y liberación, que enseñen la palabra y la doctrina de la Iglesia no solo en las parroquias sino en las empresas, en los hogares, en los lugares de trabajo construyendo pequeñas comunidades organizadas que vayan creciendo e insertándose en el tejido de la sociedad y del mundo que los rodea, aprendiendo a caminar alimentándose de los sacramentos, siendo soporte espiritual unos de otros, renovando su fe y aquella de quienes toquen, encontrando un nuevo y verdadero sentido para sus vidas en el servicio claro y definido a Cristo en su Iglesia, organizados y enviados desde los ministerios de la capitalidad. Corresponde a los laicos por vocación propia el “estar en el mundo sin ser del mundo” (Jn 17, 11), el evangelizar el mundo siendo la avanzada de la Iglesia en el combate diario contra las fuerzas del mal.
El excesivo clericalismo, donde el sacerdote ordenado copa todos los ministerios de la parroquia, lo único que hace es restar eficacia y posibilidades a la acción evangelizadora de la Iglesia. En lugar de 20, 30, 40, 100 ministros formados en cada parroquia que vayan en salida hacia los cristianos olvidados, sumidos en el mundo, hay uno solo: el párroco, celoso de perder sus espacios e incapaz de comprender su función al servicio de un pueblo de sacerdotes, profetas y pastores. Es por eso que la parroquia de hoy, más que una familia de hermanos, es una oficina burocrática poco eficiente administrada la mayor parte de las veces por una secretaria poco amigable, con un párroco ausente que cumple horarios de oficina.
En fin, que las posibilidades de evangelización son inmensas, como es inmenso el desperdicio en que incurre la Iglesia, quizás por pereza, quizá por desconocimiento, quizás por desconfianza en las posibilidades de los ministerios de los laicos.

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