Una sola muerte y después de esto el juicio



La reencarnación (algunos la llaman metempsicosis) es tan solo una inmensa mentira, un engaño que va conduciendo a sus seguidores hacia su propia destrucción.
Miremos:
“Una sola muerte y después de esto el juicio”, dice San Pablo.
Es fácil de entender. El temor de Dios, fundamental para este camino, consiste en saber con claridad que hemos de responder, tarde o temprano, por cada uno de nuestros actos. ¡Cada uno! Eso es lo que llamamos El Juicio Final: el momento y lugar definitivo donde cada uno debe darle la cara a sus obras, buenas o malas. Donde todo lo escondido saldrá a la luz ante sus ojos, ante los de Dios, y ante los de los demás. Ante todo el universo. Pensamientos, palabras, obras, intenciones. Todo. Lo bueno y lo malo. Lo que hemos hecho a solas o acompañados. A nosotros mismos o a otros. Todo. Y cada uno deberá responder por ello. Deudas impagadas, viejos errores, maldades íntimas o personales, pequeñas o grandes perversiones, todo. Y entonces cada uno asumirá el mundo que ha construído: felicidad eterna para quien hizo las cosas conforme a la voluntad de Dios. Oscuridad perpetua para quien vivió de espaldas a la verdad, acumulando errores, faltas, perversiones, sin sacarlas nunca a la luz. Es inevitable.
La metempsicosis enseña distinto. O engaña distinto. Nos dice que no importa lo que cada uno haga, tarde o temprano, y de todas formas, llegará al paraiso. Así, sin más, porque sí, sin tener que responder por lo que hizo, sin tener que dar la cara a su realidad. Si al morir no le alcanza, pues tiene otra vida. Y luego otra, y así hasta que llegue.
Interesante. Parece bonito. El problema es que con esto lo que se consigue es que la persona aplace la solución de sus problemas, de sus vicios, de sus errores. Se da otro ratico porque si muere así, al fin y al cabo tiene otra vida. O muchas. No sale de sus males y apegos con la disculpa de que le quedan muchas vidas, no hay afán, y se permita maldades, egoísmos, gozos y placeres indebidos, mentiras y engaños con la disculpa de que tiene tiempo. La persona se relaja, se confía, se deja llevar. Se da un gusto más. Y esto lo hunde un poco más. Se sumerge con confianza en pasiones, deseos, placeres, niega la culpa que esto le produce porque de todas formas, tarde o temprano, llegará al paraíso en la mentira que le han vendido. Mil, dos mil, las vidas de más que sean necesarias. Y esta entrega a las pasiones, este permiso para obrar de cualquier forma, le va royendo el alma, le va atrapando y destruyendo el espíritu hasta el punto de no poder escapar. Aunque lo desee. Aunque lo intente, cada vez va a estar mas hundido, más pervertido, porque los apegos y las pasiones corrompen el alma y el espíritu.
Ahora, fíjense que si esto fuera real (que no lo es), cada persona, al morir, empezaría un nuevo ciclo. Pero no arrancaría en ceros como la primera vez, sino que si en una vida no llegó, no avanzó, si se entregó a vicios y placeres que le impidieron cruzar hacia la eternidad en el momento definitivo, si no pudo dar la cara a sus actos porque eran demasiado vergonzosos o perversos o mezquinos o falsos, empezaría de nuevo, pero cada vez desde más abajo, que si hubiera avanzado habría logrado cruzar. De esta forma, por las pasiones, vicios y apegos que se ha permitido, se garantiza hundirse cada vez más, de vida en vida, en el abismo, en un laberinto sin fin, con el alma cada vez más enferma; porque no lo duden, el mal atrapa y enferma el alma.

No. En realidad solo existe un camino: “Jesús le dijo: yo soy el camino, la verdad y la vida”. (Sn Juan 14,6). Cuando alguien comete un error, un pecado, nadie puede liberarlo de él y de sus consecuencias, salvo Dios. Lo demás son mentiras y autoengaños. Y este camino consiste precisamente en lo contrario de lo que enseña la metempsicosis. Consiste en primer lugar en no pecar. No manchar el alma. Pero como esto es imposible al hombre, necesita liberarse de esos pecados y sus consecuencias. Y liberarse ahora. No esperar a que se conviertan en costumbre, a que se vuelvan vicio, a que lo cieguen, a aprender a justificar todo lo que ha hecho inventando verdades convenientes o afiliándose a historias cómodas que todo lo permitan. Que si budismo, o mejor hinduismo, o cienciología o lo que sea, Y para esto hay que darles la cara. Reconocerlos, aceptarlos, pedir perdón a Dios y a quien haya ofendido... y corregir sus consecuencias.
Es un camino el que hay que recorrer y solo tenemos esta vida para encontrar la libertad que nos conduzca al paraíso. Solo esta. Hay que tener cuidado porque el resto es trampa mortal.

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