El Tren





Realidad oscura, maligna, retorcida, trampas de la red en que nacemos, el tren maligno en que rodamos, vivimos, cumplimos nuestro deber sin saber para dónde vamos: tradición, sociedad, religión, costumbres, familia, una cosmovisión heredada de la que solo somos un eslabón, un vagón más del oscuro tren que nos lleva hacia su oscuro destino mientras las raíces del mal nos siguen penetrando, atrapando, corrompiendo, hombres felices, hombres dormidos. Nadie escapa, nadie puede escapar. Y los demonios ríen.
El hombre escupido en un mundo que lo controla mientras vive el engaño lánguido (cada uno) de creerse dueño de su destino, superior a los demás con sus pequeñas rebeldías libertarias que en el mejor de los casos lo llevan a cambiar de vagón.

Despertar

Ahora, si despertar es ver la realidad, esta realidad de horror en la que hemos nacido, ¿qué posibilidades tiene quien despierte, así sea por un instante? ¿Qué gana quien penetre las sombras hasta llegar a la angustia pavorosa de conocer la verdad? ¿No es mejor seguir durmiendo, nunca despertar? ¡Que todo desaparezca y no sea! ¡Que regresemos a nuestro mundo cálido de algodón! Seguir viviendo el cada día, regresar a la cuna, esperar la nada, no saber. ¡Oh misericordioso sueño el del esclavo que sueña ser libre!
O quizás, quizás... escarbar las paredes de la prisión, razguñar las piedras hasta sangrar y pasar a un sueño nuevo, una fantasía, un delirio que nos explique lo que hemos visto en otra perspectiva, que nos diga que nada fue verdad, que alguien debe saber para dónde va el tren, que todo está bien, duerme, duerme el dulce sueño feliz de una vida feliz.
Y los demonios ríen.

Herza Barzatt.

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