LOS LABERINTOS DE LA NADA


 (A los compañeros de viejos caminos)

Hay quienes pierden el rumbo muy temprano. Se sumergen en los laberintos de la nada. Del no ser. Algunos logran salir, otros lo único que hacen con los años es hundirse y hundir a quien se les acerque. Y, claro, entre más se hunden más difícil les es salir. No logran escapar del fango del error, de la vileza y del pecado… así que les toca disimular, inventar filosofías para esconder aquello en lo que se han convertido. Sueñan sabiduría, honor, dignidad y se unen a otros delirantes como ellos. Viven en un mundo hecho de engaños y mentiras. Por eso reaccionan con ira ante cualquiera que no acepte sus ideas; su mundo se viene abajo y, desnudos, no les queda a dónde ir. Lo curioso es que si uno de estos compañeros de miseria intenta salir (o lo logra) ellos son los primeros en atacarlo, en intentar llevarlo de nuevo a su corrupción. No hay duda: lo que viven es una esclavitud moral, ideológica, emocional y, sobretodo, espiritual. La esclavitud del pecado, del vivir de espaldas a Dios, de espaldas al ser. 

Es para estos que el profeta Isaías escribió las palabras que Jesús asumió para sí al comienzo de su ministerio público: “El Espíritu del Señor está sobre mí por cuanto me ha ungido; me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a proclamar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad. A proclamar año de gracia del Señor”. Las puertas entonces están abiertas para el regreso a la realidad, para el encuentro con la verdad, para el perdón y la reconciliación con Dios. 

El problema es que frente a este llamado de misericordia se yergue la inmensa soberbia de quienes rechinan los dientes pretendiendo que pueden resolver sus problemas solos, se apoyan en falaces sabidurías humanas, inventan verdades a su acomodo y creen que pueden esconder sus vilezas en un pozo sin fondo. Sí, así, con una sensación de libertad infinita, construyen esa realidad paralela que los va consumiendo mientras lo justifican todo. Terminan viviendo un delirio enfermo en el que pretenden ser y saber lo que no son ni saben, tan distantes ya de la realidad que prefieren hundirse para siempre en los laberintos de la nada antes de reconocer su miseria y avanzar así hacia la libertad. 

Quizás a ellos aplican las palabras del tercer cántico del siervo del profeta Isaías: ¡Oíd vosotros, todos los que encendéis fuego, los que sopláis las brasas! Id a la lumbre de vuestro propio fuego y a las brasas que habéis encendido. Esto os vendrá de mi mano: en tormento yaceréis”. 

El tormento de no poder alcanzar el destino para el que vinimos a la existencia, las brasas de quien se pierde en un laberinto sin fondo ni final, el horror de continuar para siempre en una existencia tan perversa como el delirio que han construido. 

A veces, ante su odio y su ira hacia todo lo que sea verdadero y noble, no queda más remedio que decirles: no te preocupes, si no quieres aceptar la verdad hecha de amor y de perdón que se te ofrece, ve a la lumbre de las mentiras que te has inventado, de las perversiones que te alimentan. Ellas te hundirán poco a poco en un laberinto de sufrimiento sin medida; pero ten en cuenta que es el laberinto que tú mismo has escogido. 

Subsiste, sí, el dolor que implica que cada amigo que se pierde es “como un sol que se apaga”… para ya nunca brillar.

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